La burbuja y el rescate

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Miguel Mosquera Paans, escritor


Periódicamente sale a relucir entre la opinión pública la reivindicación de que los bancos paguen el rescate, aportando ese dinero a los fondos de pensiones de la ciudadanía. Resulta difícil saber si la difusión de tales libelos obedece a una parte interesada o si, por el contrario, se trata de una rabieta de alguien que, desconociendo el tema, sacia su sed de venganza o de restitución ante una ficción, pero incendiando las redes sociales con el riesgo que ello comporta.

HIPER MASIDE

Para comprender la enjundia del asunto conviene conocer en qué consistió la burbuja inmobiliaria que por la ambición desmesurada e irresponsable del ladrillo, con posterioridad arrastraría a la economía mundial.  Para entenderlo hay que remontarse a los acuerdos de Basilea. Divididos en sucesivos convenios, establecen un código de conducta y limitaciones de actuación pactado entre las distintas autoridades gubernamentales y el secretariado del Banco de Pagos Internacionales en su sede de Suiza de la ciudad de Basilea.

Por desgracia, como todos los tratados internacionales, el cumplimiento de este tipo de convenios queda sujeto a la voluntad de sus sucriptores dado que no existe ninguna autoridad supranacional que pueda ejercer fuerza o tutela sobre ellos, basándose en principio en la buena fe bilateral o multilateral.

Este proceder  constituye el mecanismo de intercambio bancario por el que un asiento contable es suficiente para hacer efectiva una suma en una entidad emitida por otra en las antípodas. Las transacciones se operan a través una una red, por lo general una intranet, que garantiza el origen e identifica al emisor de la orden de pago, entregándola a su destinatario. Algo tan sencillo como si su vecino, al que conoce y cuya palabra acepta, le llama por teléfono y le dice que, cuando pase por su casa, le entregue cien euros a un mensajero enviado por él. Una vez explicado el concepto de transacción hay que pasar al mercado inmobiliario e hipotecario. Volviendo sobre las directrices de Basilea, una hipoteca no podía concederse por un valor superior al 80% del inmueble, de modo que sirviera como garantía de pago.

Pero algunos bancos cayeron en la cuenta de que si ellos mismos gestionaban la comercialización de las viviendas, podían tasarlas en lo que les diera la gana, por lo que, ante una situación de impago, les bastaría recuperar el inmueble, incrementar su valoración y volver a ponerlo en el mercado, lo que por un lado permitía facturar ingentes hipotecas con el respectivo beneficio de los intereses, por otro exhortaban cualquier riesgo de pérdida dado que, al recuperar la vivienda en el peor de los casos, la incluían en la contabilidad con un bien del banco, incrementando su pasivo y el valor de sus acciones. De modo que a esa escaramuza se unió una orgía de créditos hipotecarios que, lejos de aquel 80%, se disparó al 100% del valor de la vivienda, a la que los bancarios añadían otro 10% de gastos, y otro 15% más para el ajuar de la vivienda, unas vacaciones y la entrada de un coche. Total, que al final la hipoteca no sólo cubría gastos ajenos a la vivienda sino que ni siquiera estaba respaldada por un valor acorde.

Pero como para poder seguir concediendo hipotecas los bancos necesitaban cada vez más dinero, se los pedían prestado entre ellos, ofreciendo como garantía las hipotecas que cada uno tenía contratadas, a sabiendas de que estaban supravaloradas. Como todos los bancos estaban haciendo lo mismo, práctica comenzó a generar problemas, de modo que en lugar de utilizar las hipotecas de manera unitaria, empezaron a hacer paquetes de diez, cien o mil hipotecas, todas mezcladas, cobrables o no. Poco tardaron en desconfiar unos de los otros dejando de prestarse dinero, paralizando el mercado del crédito, el bancario y el inmobiliario, al darse de bruces con que tenían mucho ladrillo y ningún dinero. Y como la alegría dura poco en la casa del pobre, el mundo amaneció con una inflación disparada, una recesión económica; en el paro, con un piso que valía la mitad de su valor e invendible, y experimentado de primera mano las consecuencias de la burbuja pinchada.


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