Energía

IES CHAMOSO LAMAS

Miguel Mosquera Paans, escritor


Vaya por delante que cualquier especie que para producir invierte más energía que la que consume, está condenada a la extinción. Esa cuenta es la que habría que considerar al valorar el importe verdadero de los combustibles. Desde realizar una prospección hasta abrir un pozo, extraer y envasar petróleo; transbordarlo a la refinería, procesarlo para obtener distintos subproductos y, finalmente, transportarlo de nuevo hasta las estaciones de servicio para distribuirlo al detalle, supone un coste real que supera en diez veces el precio del litro de la gasolina. Nada extraordinario si consideramos los valores efectivos de la elaboración de la mayoría de los productos de consumo que acostumbramos a disfrutar en Occidente.

HIPER MASIDE

No obstante la competitividad ―o el intento de mantener el mercado en funcionamiento―, estimula a la industria a mantener los precios más bajos para  universalizar el acceso a las manufacturas, una ecuación confusa que se salda con un peregrinaje empresarial basado en el traslado itinerante  de toda factoría a territorios donde la mano de obra y el P.I.B. sea menor. Así, Europa importa todo tipo de género de ferretería, bazar e incluso material sanitario de China. Los  medicamentos de China e India. La ropa de Turquía. La fruta de Chile o Perú y, en definitiva, cualquier cosa desde cualquier lugar del mundo con un nivel de vida más bajo.

Este paraíso consumista es por tanto fruto de la deslocalización industrial, y por otro lado el resultado de un neocolonialismo voraz que, a espejo de Estados Unidos que considera a América Latina como su patio trasero, la Unión Europea considera a África y Asia como el suyo.

Pero lo cierto es que con la caída del Muro de Berlín desapareció el Tercer Mundo, para transitar a países emergentes. De este modo, Brasil se convirtió en motor de Latinoamérica, hasta que Estados Unidos hurgó para conseguir desestabilizar el gobierno progresista carioca por uno neoliberal, más afín a sus  intereses.

Así las cosas, tras sacudirse la tutela de Occidente, los países emergentes han aprendido una lección que el primer mundo aún no ha asimilado: que son los dueños de la materia prima, la mano de obra y las factorías, lo que debería llevar a los socios europeos a ser más imaginativos, igual que al Gobierno español, porque administrar no es racionar sino hacer lo mismo o más con menos.

La crisis sanitaria del Covid y el desabastecimiento de bienes esenciales debería haber despertado todas las alarmas en lugar de la paciencia de los europeos, cuyos gobernantes tendrían que haber previsto las consecuencias de que los productores cerrasen los grifos del crudo y el gas, buscando desde mucho antes fuentes y proveedores alternativos, pese a criticar en su día a Aznar por afirmar que Gadafi era un “amigo extravagante” de Occidente, o que el dictador guineano se reuniera sucesivamente en España con Zapatero, Rajoy o Juan Carlos I. Las Relaciones Internacionales dependen de un equilibrio tan delicado como el abastecimiento de combustible, algo que todos están empezando a comprender tras el fiasco del gas, que quien tiene la llave pone el precio y no viceversa, por mucho que Ursula Gertrud von der Leyen se empecine en lo contrario.

¿Pero, dónde se gesta el conflicto energético? Lo indiscutible es que en los últimos 70 años, guerra en la que directamente no haya participado, ha sido instigada Estados Unidos. Tras azuzar Biden a Putin a invadir Ucrania para desencadenar el efecto dominó de embargos recíprocos y abrir su mercado de gas más caro en Europa, ahora incordia en Taiwán con intereses previsibles.


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