A opinión de Carlos Fernández: “A vueltas con el 23-F”

El 23 de febrero de 1981 tuvo lugar en España un golpe de estado protagonizado por miembros de la guardia civil y del ejército, cuyos episodios más impactantes en la opinión pública ocurrieron en el Congreso de los Diputados y en las calles de Valencia hace cuarenta y tres años. Sobre pocos hechos acaecidos en nuestro país en el último medio siglo se habrán escrito más páginas que las dedicadas a este. Y a pesar de ello quedan de él zonas de sombra a las cuales los investigadores no han podido acceder todavía y arrojar luz sobre ellas

Desde principios del actual mes de febrero podemos encontrar en las librerías un nuevo libro sobre este episodio de nuestra historia reciente. El autor es el periodista Carlos Fonseca y el título, 23-F. La farsa de una investigación amañada.  Cuatro años de investigación están detrás de este detallado relato sobre aquellos sucesos, y para llevarla a cabo consultó tres fuentes que no habían sido exploradas hasta ahora, a saber: el sumario del caso (Causa 2/81), depositado en el Tribunal Supremo; el archivo personal del Alberto Oliart, ministro de Justicia en el efímero gobierno de Calvo Sotelo; y las actas de la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE, depositadas en la fundación Pablo Iglesias. En esto radica la novedad y el interés de este libro: “Porque revela datos inéditos, da a conocer las pistas que se ocultaron o se ignoraron deliberadamente y reconstruye la historia de una investigación amañada que renunció a buscar la verdad y se conformó con establecer una versión oficial de lo ocurrido que perdurara en los libros de historia”, precisa el autor.

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El volumen se abre con una cita de Antonio Gramsci, que es toda una declaración de intenciones: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. A lo largo de cuatrocientas densas páginas, ordenadas en un prólogo y treinta capítulos, se recrea esa etapa de luces prometedoras y de sombras amenazantes que conocemos con el nombre de Transición. Y los monstruos que en ella surgieron en España fueron las varias asonadas militares que se intentaron poner en marcha en aquellos años inmediatos a la muerte del dictador en noviembre de 1975. La del 23 de febrero de 1981 es la más conocida de todas, pues fue retransmitida en directo por radio y televisión, pero no la única, ya que como dice Carlos Fonseca, en algunos sectores del ejército se vivía un estado de “conspiración permanente”. La reunión de militares en Játiva en septiembre de 1977 y la conocida como Operación Galaxia que se produjo a comienzos de noviembre de 1978 pretendían tutelar el proceso político que se había abierto en España.

Una vez aprobada la Constitución y sometida a referéndum el 6 de diciembre de 1978, las conjuras militares siguieron en marcha, destinadas ahora a sustituir a Adolfo Suárez en la presidencia del gobierno, pues el título título VIII  de la Carta Magna resultaba de imposible digestión en medios castrenses. Como se puede leer en el primer capítulo del libro, los militares no estaban solos en aquella operación de acoso y derribo del presidente. Contaban también con apoyos importantes en el mundo empresarial y con la afición conspirativa de algunos periodistas de renombre. El rey también aportó su granito de arena. Por su parte el PSOE ejerció una fuerte presión política, como se puede leer en las actas de la Comisión Ejecutiva consultadas por el autor.

Y como él dice, de aquellos polvos, estos lodos: el 23 de febrero de 1981, tras la dimisión de Suárez, algo más de cuatrocientos cincuenta guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero asaltó el congreso a media tarde y secuestró a los representantes de la soberanía popular durante varias horas en las que pasaron muchas cosas que el libro expone con gran precisión, si bien, advierte el autor, quedan muchos detalles por aclarar. Bien pasada la media noche la situación comenzó a reconducirse lentamente, aunque los cabecillas del golpe tardaron muchas horas en entregarse. En pocos días se inició la instrucción del caso para la cual el gobierno nombró a José María García Escudero quien llevó a cabo su cometido en un tiempo récord de menos de cuatro meses, ya que por orden del ministro Oliart redujo mucho el perímetro de la investigación, renunciando, por ejemplo, a conocer la trama civil que estaba detrás. En el juicio fueron procesados solamente treinta y tres personas, todas militares excepto una. Veintidós resultaron condenadas a penas muy benévolas, aunque más tarde fueron revisadas al alza por el Supremo.  

La consulta del sumario fue una sorpresa para el autor. Nos dice en el prólogo del libro: “Inicié su lectura persuadido de que no iba a encontrar ninguna revelación extraordinaria. A fin de cuentas, la causa era la argamasa de la versión oficial de lo ocurrido recogida en la sentencia, que, de manera muy sucinta, sostiene que el 23-F fue un golpe improvisado, protagonizado por unos pocos militares, que fracasó por la intervención decidida del rey Juan Carlos I y la lealtad inquebrantable del Ejército a la Constitución. Pero no es esa la conclusión a la que he llegado tras la lectura del sumario”. Para ayudar a desmontar este relato que se impuso como verdad irrebatible,  instalado aún en la mente de muchos ciudadanos que asistieron alarmados a aquellos hechos o que se puede leer en los libros que se manejan en los centros de enseñanza, escribió Carlos Fonseca este libro.

Han pasado más de cuarenta años: “Cuatro décadas en las que ninguno de los gobiernos del PSOE y el PP habidos desde entonces ha tenido voluntad política para establecer todas sus implicaciones, ni permitido a los investigadores acceder a la documentación que sobre el mismo hay en los archivos oficiales… El propósito no declarado es que la historia sea la que debe ser y no la que realmente fue, para que nadie ponga en duda el papel que jugaron las instituciones del momento y las personas que las representaban, en torno a las cuales se ha construido una aureola de dignidad no siempre merecida y en muchos casos injustificada. Su intención es preservar el relato oficial de lo ocurrido”. Seguro que Carlos Fonseca tiene razón en lo que escribe, pues no son infrecuentes las distorsiones de la historia cuando se abordan asuntos tan graves. Resulta inevitable en este punto recordar las palabras pronunciadas por Ernest Renan en su conocida conferencia ¿Qué es una nación?, pronunciada en la Sorbona en 1882: “El olvido, e incluso diría el error histórico, son un factor esencial en la creación de una nación, y por eso el avance de los estudios históricos es muchas veces un peligro para la nacionalidad”.