Los amnésicos

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Carlos Fernández


En memoria de MERCEDES TABOADA OTERINO,

HIPER MASIDE

que nada hizo sin alegría y me dio lecciones de

  tolerancia y generosidad que no olvidaré nunca.


Hace poco más de dos años se tradujo al español el libro “Los amnésicos”, publicado en París en 2017. La autora es la periodista Géraldine Schwarz, hija de padre alemán y madre francesa. La obra se organiza en una suerte de círculos concéntricos, desde lo más próximo, la “historia de una familia europea”, hasta lo más general, el comportamiento político que tuvieron amplísimas capas de la sociedad durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado en Europa, para concluir con un diagnóstico de lo que está ocurriendo y puede ocurrir en los próximos años en los países que conforman la Unión Europea. Lo que empezó siendo, a partir de una serie de datos e indicios, una indagación sobre su familia, resulta ser una magnífica síntesis de un aspecto crucial de la reciente historia de nuestro continente. La autora lo sintetiza de esta manera: “He querido tejer los hilos de la gran historia con los de la pequeña, colocar estos trazos por pinceladas (sic) en mi tela imaginaria, cruzarlos y superponerlos, hasta hacer surgir un cuadro vivo, un mundo de antaño, con su decorado, su espíritu, sus vidas de entonces, sus partes de oscuridad y de luz”.

Géraldine Schwarz parte de un supuesto que considera indiscutible: que todos los alemanes, salvo aquellos que se opusieron de manera decidida, fueron responsables en una u otra medida de la brutalidad de un régimen como fue el nazismo. Y otro tanto puede decirse de los franceses respecto a lo que representó Vichy, exceptuando claro está a los que se sumaron a la Resistencia, que nunca llegaron al dos por ciento de la población adulta. Cuando ella descubre que tanto sus abuelos paternos como maternos, alemanes y franceses respectivamente, fueron cómplices del régimen político puesto en marcha por Hitler y Pétain en Alemania y Francia, inicia una investigación que rápidamente desborda el marco familiar para ofrecer un amplio mosaico, lleno de matices, de la actitud que tomaron los ciudadanos de uno y otro país ante el ascenso de los totalitarismos en Europa. Fueron millones los que que con su comportamiento hicieron posible el triunfo de esos proyectos políticos. Para referirse a ellos Géraldine Schwarz utiliza el término alemán “Mitläufer”: los indiferentes, aquellos que se dejaron llevar, que miraron para otro lado. Finalmente, también amplía el marco geográfico para acercarse a estudiar en detalle lo que ocurrió en otros países como Austria e Italia..

Pero la autora, y esto lo resalta José Álvarez Junco en el Épílogo, no realiza su investigación con el fin de señalar víctimas y verdugos sino que aspira a lo que  Marc Bloch señaló como la tarea esencial del historiador: comprender. Recurre a la bibliografía especializada para tratar de entender cómo un gran número de alemanes, franceses, austriacos, italianos, no dudaron en apoyar por activa o por pasiva a líderes que pusieron en marcha formas de gobierno criminales. Para Géraldine Schwarz la razón de ese comportamiento, referido a Alemania, es la siguiente: “Aunque el terror desempeñó un papel, la clave del éxito del Tercer Reich se basaba menos en la represión que en la adhesión del pueblo, conquistado por su impresionante empresa de seducción”. Esa seducción se hacía de mil maneras: los planes de enseñanza, el adoctrinamiento a través de la radio, los actos multitudinarios acompañados de música y discursos demagógicos, las películas de Leni Riefenstahl, la prensa. Todo ello logró en muy poco tiempo el efecto de hipnotizar a enormes masas de población que acabaron adorando al Führer y que se convirtieron en “Mitläufer”: indiferentes a lo que les ocurría a otros alemanes.

Géraldine Schwarz se encarga de resaltar esta cruel antítesis: mientras muchos alemanes participaban en la apoteosis de Hitler, otros eran la diana de la violencia brutal del partido nazi: comunistas, socialistas, sindicalistas, periodistas, hombres del mundo de las letras y de las artes, homosexuales y judíos. Para todos ellos el régimen nazi construyó la extensa red de campos de concentración en los que murieron varios millones de personas tras ponerse en marcha la “solución final de la cuestión judía”. Uno de los primeros fue el de Buchenwald, al que fue deportado desde Francia Jorge Semprún a comienzos de 1944 y del que salió en abril del año siguiente, cuando el campo fue liberado por los aliados. Dice Semprún en “La escritura o la vida”, el mejor de sus libros, que Buchenwald estaba a dos pasos de Weimar, ciudad en la que se daba cita la alta cultura alemana: en ella había residido más de diez años J.S. Bach y allí compuso alguna de sus obras capitales; Goethe y Schiller forjaron aquí su fecunda amistad; Hegel visitó por dos veces la ciudad y Nietzsche pasó en ella los últimos años de vida; y en 1919, cuando Weimar se convirtió en la capital de Alemania, el arquitecto W. Gropius fundó allí la Bauhaus. Aún así, entre 1937 y 1945 los habitantes de esta culta ciudad se portaron como “Mitläufer”, apartaron la vista de lo que ocurría delante de ellos. Cuando poco después de la liberación fueron invitados a visitar los barracones y el horno crematorio del campo de Buchenwald reaccionaron echándose a llorar, implorando perdón, manteniéndose en un elocuente silencio o negándose a ver y a oír. El oficial que les servía de guía, escribe Jorge Semprún: “Recordaba a los civiles de Weimar que habían vivido, indiferentes o cómplices, durante más de siete años, bajo los humos del crematorio”.

Como dijimos más arriba, en los capítulos centrales del libro la autora abre el objetivo de su investigación y pasa del círculo familiar al nacional. Expone con mucho detalle la gran dificultad que tuvieron los alemanes para hacerse cargo de ese “pasado sucio” de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, desde Adenauer hasta Angela Merkel. Lo mismo hace con Francia, señalando las similitudes y diferencias con su país vecino. Es muy crítica con el proceso que se llevó a cabo en Austria e Italia, a cuya gestión de su etapa nazi y fascista se refiere con desdén como “arreglillos con el pasado”. La autora no estudia el caso de España, pero el historiador Álvarez Junco dedica los últimos párrafos del Épilogo a comentar someramente los problemas que estamos teniendo los españoles para asomarnos con sinceridad a nuestro pasado reciente y asumirlo con sus luces y sombras.

            En los últimos capítulos Géraldine Schwarz establece la tesis fuerte del libro: la relación directa entre un riguroso “trabajo de memoria” y la calidad de la democracia de un país. Refiriéndose a Alemania, escribe: “La confrontación honesta de varias generaciones de alemanes con su pasado ha permitido forjar cierto sentido de las responsabilidades individuales morales y un espíritu crítico saludable para una democracia: la prudencia ante los hombres providenciales que prometen solucionar todos los problemas, el rechazo de discursos que incitan al odio contra un grupo, la desconfianza ante los extremismos tanto de derechas como de izquierdas y la conciencia de la necesidad de una sociedad civil fuerte”. Con todo, creo que además de ese tenaz “trabajo de memoria” hay otra razón objetiva que explica la robustez de la democracia alemana en la actualidad. De esta manera la expone Jorge Semprún en “La escritura o la vida”: “La singularidad de Alemania en la historia de este siglo es manifiesta: es el único país europeo al que le ha tocado vivir, padecer, y asumir críticamente también, los efectos devastadores de las dos iniciativas totalitarias del siglo XX: el nazismo y el bolchevismo”. El campo de concentración de Buchenwald sintetiza de manera ejemplar esa trágica historia: a los pocos meses de ser liberado por las tropas del general Patton pasó a convertirse en un campo soviético hasta 1950.

            Pero la autora no es ingenua y por tanto no cree que una Europa sublime nos esté aguardando a la vuelta de un par de generaciones. Muy al contrario, no deja de señalar que al calor de las crisis económicas y migratorias, y explotando las necesidades y los temores de un continente demográficamente envejecido, los partidos no democráticos han crecido en Europa en los últimos años. Incluso gobiernan en algunos países, precisamente en aquellos que lejos de investigar y asumir su “pasado sucio”, dificultan todo lo que pueden el conocimiento del mismo a los ciudadanos y pretenden echar toneladas de olvido sobre él. Sin duda esto tendrá consecuencias, las está teniendo ya. “La historia no se repite, pero los mecanismos sociopsicológicos siguen siendo los mismos, que en un contexto de crisis nos empujan a convertirnos en cómplices irracionales de doctrinas criminales”. Esto ocurre, afirma Géraldine Schwarz, “cuando triunfan los amnésicos”.